Uno de los aspectos clave del trabajo colaborativo es la formación del equipo de profesionales que realizará cada proyecto. Determinar el tipo de asociación, así como las tareas que cada profesional desarrollará debe estar en el ideario de los iniciadores de la propuesta desde el principio.

Pero, ¿qué factores resultan básicos para entablar relaciones profesionales que nos permitan trabajar en una estructura horizontal? En cualquier tarea colectiva, y más allá de los factores ligados a la capacidad profesional de los integrantes del equipo, existen valores que trascienden el ámbito profesional, y están íntimamente ligados a la personalidad de cada individuo.

Entre estos aspectos “emocionales”, y como pilar fundamental de cualquier estructura cooperativa, destaca la confianza. Puede que el término, de tan manido, nos parezca que se queda corto, o que nos resulte impreciso debido a su amplitud, pero son numerosos los matices a los que podemos ligar este valor dentro del universo colaborativo, la mayoría de ellos vinculados al carácter de cada miembro, así como a su capacidad.

Por un lado nos encontramos ante la necesidad de colaborar con profesionales cuyo criterio nos parezca fiable, y que encuentren en nosotros un aliado de referencia para la realización del proyecto que vayamos a emprender. Por lo tanto, hablamos de una relación de confianza necesariamente bidireccional; esta confianza en el otro (y en uno mismo) marcará el compás en cada una de las fases de desarrollo del proyecto. Llegados a este punto, deberíamos plantearnos dos preguntas fundamentales: ¿Podemos confiar? Y… ¿Sabemos confiar?

¿Puedo y sé confiar en ti?

Preguntarse hasta qué punto una persona es digna de nuestra confianza es un paso decisivo, previo a la “elección” de nuestros compañeros de viaje. Y es que la habilidad de asociarse inteligentemente en uno o diversos proyectos es una de las capacidades más valiosas en el trabajo colaborativo. Así, una vez que se han producido las primeras tomas de contacto, y antes de pasar a un “compromiso” que nos vincule, es lógico preguntarse si hemos elegido a la persona o personas adecuadas.

Mas allá de la aptitud profesional, que suele ser el primer reclamo para elegir a esos colaboradores de los que nos rodearemos, existen aspectos personales, igualmente importantes, que deben formar parte de nuestro “baremo”. Bien sabido es que los dogmas o esquemas rígidos no funcionan en modelos flexibles, al igual que las fórmulas mágicas sólo parecen existir en los cuentos de hadas. Somos nosotros mismos los que deberíamos tener en mente qué actitudes personales han de formar parte de nuestros compañeros de viaje; no olvidemos que hablamos de personas con las que compartiremos contactos, ideas, proyectos y hasta clientes… Entre las prioridades, y en función del tipo de colaboración, será recomendable tener en consideración valores éticos como la honestidad, la lealtad, fiabilidad y la transparencia, quizá en “crisis” pero valorados al alza, especialmente en relaciones profesionales de medio y largo recorrido.

Otros factores, como la química, la empatía, el compañerismo y la solidaridad también tienen una notable influencia a la hora de fomentar esa relación de confianza que nos ayudará a trabajar en la atmósfera más adecuada e inspiradora, y quizá en los proyectos puntuales y a corto plazo, deban primar. No obstante somos nosotros quiénes debemos determinar la prioridad de unos factores sobre otros en función de nuestros valores y de lo que entendamos por una relación de confianza. En cualquier caso, es conveniente aceptar uno de los componentes inherentes a la condición humana: la imprevisibilidad. La seguridad no existe, existen personas que saben convivir y gestionar esa seguridad con inteligencia.

Igualmente, la confianza absoluta no puede basarse en un test de valores o porcentajes absolutamente fiables. Saber confiar en los demás exige una actitud abierta ante lo que esperamos de ellos. Las expectativas nunca se cumplirán al 100%, porque nosotros tampoco las cumpliremos. Aprender a confiar en nosotros mismos, asumiendo nuestras limitaciones, fortalezas y debilidades nos ayudará a gestionar nuestras relaciones con mayor transparencia, y a determinar qué valores consideramos fundamentales para establecer esas relaciones de confianza tanto en la forma como en el fondo. Ni siquiera la confianza en nosotros mismos puede ser absoluta, aunque existirán rasgos de nuestro carácter más marcados que otros, de los que debemos ser conscientes. Identificando nuestra actitud, así como nuestra capacidad, forma de trabajar y/o de relacionarnos será posible identificar esos valores irrenunciables para nosotros, encontrando así a las personas más afines para formar equipo.
Sólo a través de una actitud abierta y dialogante, junto al compromiso personal con el proyecto y los profesionales que trabajen en él, consolidaremos una relación de confianza, un requisito imprescindible si queremos ejecutar cualquier trabajo colectivo con éxito y/o ganar la confianza de los posibles clientes.

Photo: Arturo Exposito